Le llaman “el ángel de Burundi”, aunque el día en que su vida dio un cambio completo –el 24 de octubre de 1993- Marguerite Barankitze (conocida en su país como “Maggy”) pensó en suicidarse. Maggy de etnia tutsi, trabajaba de secretaria en el obispado de Ruyigi y había escondido a algo más de cien hutus que escapaban de las matanzas que asolaban esta pequeña nación de África Central. Ese día llegaron las milicias tutsis y, tras maltratarla y acusarla de traidora la ataron a una silla y le obligaron a contemplar la peor visión de su vida. “Mataron a 72 personas delante de mí”, recuerda con emoción. “Cuando terminó aquella masacre mi oración se convirtió en protesta y pregunté a Dios si realmente Él es amor”.
Maggy recibió el pasado 31 de enero el Premio a la Fraternidad que la revista Mundo Negro, editada por los misioneros combonianos, entrega todos los años. Su testimonio conmovió a las más de 120 personas que la escucharon. Sin embargo, recalcó que no venía a contar “las miserias de África.” “Dejad de llorar por los africanos, nosotros tenemos que dejar de ser víctimas eternas.”

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